Murió Daniel Melingo, el rockero que se hizo eterno en el tango

Murió Daniel Melingo, el rockero que se hizo eterno en el tango

Murió Daniel Melingo, el rockero que se hizo eterno en el tango

Tenía 68 años y una trayectoria de más de cuatro décadas. Murió Daniel Melingo, el rockero que se hizo eterno en el tango

Pasó de Los Abuelos de la Nada y Los Twist al tango más oscuro y personal, ese que lo convirtió en un embajador inesperado de Buenos Aires por escenarios de medio planeta.

Murió Daniel Melingo a los 68 años y la música argentina se queda sin una de sus voces más inclasificables. El artista venía atravesando un delicado estado de salud y se encontraba bajo cuidados paliativos. Detrás quedan más de cuarenta años de oficio, reinvención y una rareza hermosa: la de un rockero de los ochenta que terminó siendo sinónimo de tango para el resto del mundo.

Había nacido en Parque Patricios el 22 de octubre de 1957, en una casa donde convivían la ópera, el tango y el rebétiko griego. Esa cuna mestiza explica casi todo. La abuela cantaba lírico, los tíos eran milongueros, el abuelo lo acercó a la música de los puertos del Mediterráneo. Antes de subirse a un escenario de rock, el pibe ya había estudiado clarinete y guitarra clásica en conservatorio.

Del clarinete a la cresta ochentosa

La gran masividad le llegó por otro lado. A comienzos de los ochenta se sumó a Los Abuelos de la Nada, la banda de Miguel Abuelo donde compartió camino con un jovencísimo Andrés Calamaro. De ahí salió «Chalamán», reggae mediante, en plena fiebre por Bob Marley. Casi en paralelo fundó Los Twist junto a Pipo Cipolatti, y firmó himnos pop de la época como «Cleopatra» y «Hulla hulla».

Su nombre también quedó pegado a Charly García. Lo acompañó en la presentación de «Yendo de la cama al living» y después integró su banda en el disco «Piano Bar». Multiinstrumentista de raza —saxo, clarinete, guitarra—, era el tipo al que todos llamaban cuando hacía falta alguien que tocara de todo y sonara distinto.

El exilio europeo y el regreso al origen

A fines de los ochenta se fue a España. Allí armó Lions in Love, grabó dos discos y cerró su etapa europea trabajando en el estudio londinense del productor Phil Manzanera. Volvió a Buenos Aires en los noventa con la sensación de haber agotado un ciclo. En 1995 editó su debut solista, H2O, regrabando clásicos del rock nacional con el oído curtido en Europa.

Pero el verdadero giro llegó después. En 1998 publicó «Tangos bajos» y, según sus propias palabras, no descubría el tango: lo retomaba. El género había estado siempre ahí, agazapado desde la infancia. Desde entonces no volvió a hacer rock. Llegaron «Ufa», «Santa milonga», «Maldito tango» —estos producidos en Francia por el sello de Gotan Project—, «Corazón & hueso», «Linyera», «Anda» y «Oasis».

Un linyera con pasaporte universal

Su personaje era inconfundible: el linyera, el perdedor, el vampiro de voz ronca y galera ladeada. Con esa estética viajó a Helsinki, Estambul, Atenas, Hamburgo, Amberes. «En Europa soy más argentino que nunca, como un embajador», supo decir. Hibridó el tango con el rebétiko, musicalizó a poetas lunfardos como Celedonio Flores y Carlos de la Púa, y armó dupla autoral con Luis Alposta.

El reconocimiento llegó en todas las formas. En 2015 recibió el Premio Konex como uno de los cinco mejores cantantes de tango de la década. En 2017 ganó el Gardel al mejor álbum de tango alternativo. En 2021 la Legislatura porteña lo nombró Personalidad Destacada de la Cultura. Diarios británicos como The Guardian se rindieron ante él en sus giras.

Deja una obra que se resiste a las etiquetas, como él mismo quería. Ni tanguero tradicional ni rockero reciclado: Melingo fue un creador de universos propios, un tipo que escuchó toda la música del mundo y la devolvió convertida en algo nuevo. «Lo oscuro es resplandeciente», repetía. Su resplandor, ahora, queda en los discos.