La historia del tango argentino suele narrarse a menudo desde la nostalgia, bajo la premisa casi incuestionable de que «todo tiempo pasado fue mejor».
Sin embargo, esta visión melancólica corre el riesgo de cristalizar un género que, en realidad, nunca dejó de moverse. En su obra fundamental Las edades del tango, recientemente reeditada, el historiador y ensayista Sergio Pujol nos invita a desafiar estos lugares comunes y a redescubrir la vitalidad de una expresión cultural que define la identidad del Río de la Plata.
Más allá de la nostalgia: desafiando la historia oficial
Para muchos puristas, el tango parece haber firmado su acta de defunción tras la caída del gobierno de Juan Domingo Perón en 1955. Según este relato, lo que vino después fue una lenta agonía o una deformación del género. Pujol, con una rigurosidad académica que no sacrifica la amenidad, desmonta esta teoría.
El autor propone que la historia del tango argentino no es una línea recta que asciende hasta los años 40 y luego cae en picada. Por el contrario, es un organismo vivo que dialoga tensamente con cada contexto político y social. Entender el tango implica dejar de verlo como una pieza de museo y empezar a escucharlo como un relato sonoro de las tensiones argentinas: desde la inmigración masiva hasta las crisis económicas modernas.
Las «edades» del género: una evolución constante
El análisis de Pujol estructura el devenir del tango en diferentes «edades» o etapas, cada una con su propia lógica y estética. Esta periodización es clave para comprender cómo el género pasó de los márgenes a la centralidad cultural.
De la Guardia Vieja a la modernidad
Los inicios del tango están marcados por la mezcla y el mestizaje. Desde sus orígenes en el siglo XIX hasta la consolidación de la Guardia Vieja, el género buscó su forma. Sin embargo, fue en la década del 40, la llamada «Edad de Oro», donde el tango alcanzó una masividad y una perfección técnica inigualables. Pujol reconoce la magnitud de este periodo, donde las orquestas típicas eran el pop de la época, pero advierte sobre el peligro de usar esa década como la única vara para medir todo lo demás.
El mito de la decadencia posterior a 1955
Uno de los aportes más interesantes del historiador es su lectura sobre lo que ocurrió después de la «Edad de Oro». Lejos de desaparecer, el tango se transformó. Dejó de ser exclusivamente música para bailar («música funcional» en el mejor sentido) para convertirse también en música para escuchar.
Figuras como Astor Piazzolla no vinieron a destruir el tango, sino a ofrecerle una sobrevida estética en un mundo que cambiaba vertiginosamente. La historia del tango argentino en la segunda mitad del siglo XX es la historia de esa resistencia y adaptación vanguardista frente al avance del rock y la cultura pop internacional.
El tango como espejo de la identidad política y social
No se puede disociar la música de la política. El libro Las edades del tango subraya cómo los vaivenes institucionales de Argentina impactaron en la producción cultural. El tango fue peronista, fue resistencia, fue exilio y fue retorno democrático.
Pujol destaca que el género ha funcionado siempre como un sismógrafo social. Las letras y las melodías han capturado las angustias y esperanzas de las clases populares y medias. Al revisar estos archivos, no solo aprendemos de música; aprendemos sobre la construcción misma de la argentinidad.
Conclusión: Un patrimonio dinámico
La relectura de Sergio Pujol llega en un momento oportuno. Hoy, con una escena de tango contemporáneo vibrante y nuevas generaciones retomando el bandoneón, queda claro que el género sigue escribiendo capítulos nuevos. La historia del tango argentino es un proceso abierto, lejos de estar concluido, y obras como esta son brújulas indispensables para navegar su compleja y fascinante geografía.
